Paso un tiempo hasta que volvía a aquel bar, en el fondo de mí tenía la leve esperanza de ser capaz de olvidarla. Había mucho que me gustaba de ella, pero había mucha figurita repetida también y tarde o temprano son las mismas combinaciones las que lideran al fracaso, a la crisis. No me sentía lo suficientemente seguro de estar preparado para enfrentar todo eso.
Sería extremista decir que ella me salvo, no creo que personas salven a otras. Creo sí, que las personas se salvan a sí mismas con el objetivo de ser mejores para quien tienen al lado, creo en el incentivo ocasionado por otro. Y eso es lo que el paso de su huracán dejó en mí.
Al entrar al bar, después de un par de semanas de ausencia, los mozos me miraron confundidos, incluso el mismo Pedro. Lo único que lo logré, fue mirar al piso vergonzosamente como cuando uno es puesto debajo de la lupa. Tenía miedo, sí, tenía miedo; tenía miedo que ella no estuviese más ahí, que se haya olvidado de mí, después de todo tantos esfuerzos, ir tantas veces y solo mirarla, hubiesen sido en vano. ¿Qué si había cambiado de bar?, ¿qué si se había mudado?, miles de pensamientos se atosigaban mi mente, chocándose uno con otro, acelerando mi corazón, llenándome de adrenalina.
Me senté en la barra, como siempre, y lo miré a pedro con un dejo de picardía y nervios, me sonrío y sólo me dijo
Asentí.
- Tome Jefe, sírvase.
- Gracias - Dije cordialmente.
Allí estaba, otra vez. No creía que fuera posible que el corazón me saltara del pecho, pero en ese momento estaba seguro que iba a suceder, mis frente comenzó a sudar invisiblemente y mi respiración aumentó su curso normal. Una voz en mi cabeza decía "háblale", pero ¿cómo?, ¿cómo podía hablarle sin quedar como un extraño?, después de todo yo había desaparecido antes de, si quiera, establecer una mínima y cordial relación con ella, esas relaciones de "hola" y "chau" que terminan en finales felices, hijos y anécdotas para las reuniones familiares. Sí, mi cabeza había comenzado a divagar eternamente, proceso mental que se divisaba en la cara y que el gran Don Pedro me ayudó a sortear.
- Damita, aquí está su café! - Gritó, mientras yo me sentía cada vez más cerca del acv y me acordaba de la propaganda de las Aspirinetas. ¿Por qué uno recurre a los recuerdos más ridículos cuando está en situaciones límites?.
- Oh, ahí voy. - Respondió, levantándose de su silla y dejando de lado el libro que parecía encantarla. Tenía un vestido floreado, tacones negros y una campera de hilo amarilla, un poco excesiva para la temperatura actual, por lo que supuse que era de aquellas mujeres friolentas.. mi antítesis, yo vivía con calor todo el tiempo. Vino a un paso seguro, firme, distraído y antes de llevarse su café me miró.
En otro contexto, cualquier persona la hubiese tomado como una actitud engreída, un tanto soberbia y manipuladora. Yo creo que, había ciertas cosas implícitas en el aire, cosas que se notaban.
Al menos, eso espero.



















