miércoles, 30 de noviembre de 2011

Noches sin reproches IX

Pensé que mudarme, que cambiar de aires, podía mejorar algo en mí, llenar el vacío que siempre tengo, darme una razón para seguir viva. Aún así, voy caminando por las calles de Buenos Aires y no puedo evitar sentirme como siempre me sentí toda la vida: vacía, nunca suficiente.
Jamás todo lo que tenía fue bastante para hacerme feliz. Siempre me sentí acosada por esa sensación de sentir todo el tiempo la guillotina en el cuello por no cumplir con las expectativas, esa mentira de convertir las expectativas de los otros en las tuyas. De mentirme, porque no puedo evitar tener dentro mío el chip de complacer. Creo que en cierta medida a todos nos pasa, algunos maduran y dejan estas sensaciones atrás. Yo no puedo, forma parte de mí aunque ya no quiera, aunque me haga mal.

Después de esa semana metafísica que tuve, los meses siguieron corriendo como si nada importara. En la facultad me seguía yendo mal pero bien, intentando salvar materias suicidas en últimos momentos y recibiendo felicitaciones de parte de mis profesores por mis historias.
A pesar de eso, no podía evitar ver en sus miradas decepción, sentía sobre mí sus miradas de acero y sus mentes pensando “si te esforzaras más, serías brillante”. Siempre lo sentí, pero el asunto es que yo no quiero esforzarme, no me interesa. Prefiero vivir la vida lo más que pueda, que tener una nota más alta. Es decir, ¿de qué sirve ser un alumno 10 si toda tu juventud la pasaste entre libros?, de qué sirve si no vivís nada?

Y en mi teoría había un pequeño charco, una falencia, un error. Porque lo que menos estaba haciendo en ese momento, era vivir mi vida.

No amaba, no sonreía, no sentía. Me sentaba en mi sillón a mirar el cielo y compadecerme por mi vida. Me sentaba ante la vida, pero no hacía nada por ella. Angustiantemente estática, y no había nada que me movilizara a cambiar. Nada.
Exactamente 3 meses después de nuestro primer encuentro (y en mi peor momento depresivo), suena el cascabel de la puerta de la librería, a las 8 menos 5 de la noche.

Era él de nuevo.
Llorando.
Rogando.
Vulnerable.

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