martes, 8 de noviembre de 2011

STOP.

Esta bueno olvidar, esta bueno poder mirar a los ojos de alguien y sentir aprecio, no obsesión ni odio por situaciones pasadas.
Cuentas las hojas de un libro con manchas de café, que tarde o temprano la gente madura. Crece. Entiende. Cuentan por ahí, que la gente necesita un poco más de perspectiva para entender qué hizo mal, o que no.
Toda mi vida me jacté de ser testaruda, obtusa, rencorosa. Llevaba esos caracteres de mí como un estandarte, intentando marcar la diferencia…como si alguno de ellos alguna vez me haya traído felicidad.
De a poco comencé a darme cuenta que realmente era eso lo que me intoxicaba. No, no te puedo decir que lo voy a dejar de hacer, pero sí que no voy a dejar que me afecte tanto como antes.
Parte de crecer, cuenta el mismo libro, que trata sobre diferenciar cuales son las cosas que valen y cuales las que no. Siempre suele ser fácil de decir, pero muy poco fácil de hacer. De a poco, en mis cortos años, he desarrollado una técnica, que todavía está en su fase experimental: si los buenos recuerdos de esa relación, son más fuertes y pesados que los malos, vale la pena; si no, vida nueva. Veremos cómo me va.
Perdonar en una sociedad que mucho destruye y poco construye es bastante difícil. El perdón para mí es difícil. No cambia nada. Le quita culpas al otro, pero a mí no me cierra las heridas. Las deja igual de abiertas, igual de suicidas. Por eso siempre necesito tiempo.
Se me vienen recuerdos a la cabeza de una versión más distinta de mí, más joven, más espontanea e inimputable. Una versión de mí que odiaba darle tiempo al tiempo, odiaba dejar las cosas fluir y quería todo ya. Aquellas versiones de nosotros que nos caracterizan en nuestra adolescencia, y aunque no estoy tan lejos de ella, parece como si todas esas vivencias hubiesen ocurrido hace años atrás. Me siento realmente vieja en un cuerpo joven. Viví un par de meses rápidos. Mucho, en poco tiempo.

¡Quién te ha visto y quién te ve! Diría alguna anciana memoriosa.

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